El goce, el síntoma y el psicoanalista

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Por Vicente Mira.

            Desde los comienzos del psicoanálisis los síntomas han tenido un valor principal de goce . Antes de ser concebidos como un mensaje a descifrar, Freud hizo valer la equivalencia entre síntoma de conversión histérico y goce sexual para acuñar, con la neurosis obsesiva, la idea del síntoma como  ersatz  de satisfacción libidinal.

            Podemos decir que el goce ordena a los síntomas y en este sentido la operación analítica apuntará a intentar poner en palabras este goce que no es historizable, que resiste a dejarse hablar, justamente porque son las palabras las que producen su pérdida.

            Sabemos que un síntoma “acomodado” a su goce rara vez llega al análisis, el ersatz funciona como el original , no haciendo signo al sujeto de ninguna urgencia. Así es en la panoplia obsesiva, si no invalida demasiado al sujeto, y también en la estrategia histérica que el Otro avala,  y , desde luego, moneda corriente en las fobias : bien localizadas y no demasiado molestas, a menudo el sujeto las olvida. Queda el “carácter” neurótico , pero esa coraza está a salvo de muchos embates.

            Será simplemente una “manera de vivir”, un poco mermada desde luego, pero “tampoco es para tanto”, mantienen estos neuróticos que prefieren ignorarse.

            Hasta el momento en que la angustia se entromete, momento en que el inconsciente, trabajador fiel al ciframiento del goce, hace huelga : ¿ harto de ser negado quizás ?. Entonces los afectos se transforman en angustia, es su destino habitual cuando la represión se pone a la obra, y la angustia no se presta tan fácilmente al olvido.

            Efectivamente las demandas que recibimos, tienen cada vez más la angustia por fundamento ; la angustia – verdad consigue cuestionar esas vidas mermadas por síntomas pero acomodadas a su goce. Diremos entonces que el síntoma se ha “descompletado” y el Yo ya no puede hacer como si no existiera.

            Los individuos , despiertos de repente por este afecto más verdadero que cualquier otro , tienen que buscar una puerta de salida a lo que les sucede ; desde luego ocurre que elijan vías que excluyen al psicoanálisis y con él a la interrogación que les habita ; a menudo el fracaso de los diferentes tratamientos del goce que les es propuesto, tratamientos por fuera de la palabra, no hacen más que insistir en el fracaso de lo simbólico en su enganche con lo real. Puede ser el caso de los medicamentos ansiolíticos que se cronifican en el consumo o que desvían la angustia vivida hacia la angustia sentida en el cuerpo, somatizada y que resiste a dejarse desalojar. Como el inconsciente ex – siste al sujeto, es el cuerpo quien tomará el relevo.

            Así algunos llegan a la consulta del psicoanalista con alguna pregunta abierta. Pero por los tiempos que corren, rara vez esta pregunta abre una cuestión sobre el sujeto o sobre el ser ; a menudo, más bien se trata de una reclamación acerca  del goce perdido, queja de lo real o queja del Otro, que toman la forma de traumatismo.

Detengámonos un momento en esta cuestión : ciertamente el traumatismo es el encuentro con un real que excluye al sujeto. El discurso es una defensa frente al traumatismo, un discurso consistente envuelve al trauma con un sentido ; los discursos religiosos, sobre todo monoteístas , han servido y sirven para justificar cualquier horror dándole sentido. De ahí la función taciturna del moralista. Pero por un lado el “barco del discurso hace aguas por todas partes” ( de ahí la ferocidad creciente de los integrismos de cualquier pelaje), y por otro , ciertos traumatismos agujerean cualquier discurso (tenemos la verificación patente en la actualidad con la profusión de guerras, atentados catástrofes naturales y otras no tan naturales). Cuanto más hacemos hincapié en la causalidad traumática del trastorno neurótico más absolvemos, inocentamos al sujeto que lo padece. Aunque parezca excesivo,  sólo teniendo en cuenta la implicación subjetiva podemos incidir en los “recursos del sujeto”; ya Freud en sus primeros textos señalaba cómo ciertos sujetos eran más “fuertes” que otros a la hora de enfrentar los “conflictos” y la angustia. Podríamos entonces sostener que ningún “golpe de lo real” es traumático sin la participación  del sujeto.

            Tanto la insistencia en el trauma como la queja subsiguiente requerirán una sólida rectificación subjetiva para forzar una abertura que permita la pregunta del inconsciente. Cuando es el goce el que está al timón se rompe la cadena de causalidades subjetivas. El goce, alojado en el ideal, ordenado por el Superyó y predicado por el discurso que nos asedia, se erige como una verdad apenas posible de enmarcar en el fantasma de cada cual, una verdad del Otro mucho más embarazosa al estar ordenada colectivamente, propuesta e impuesta como éxito, triunfo social, bienestar, eficacia, belleza, etc…

            Los significantes determinan al goce, le causan y le dan su marco y los significantes del Amo contemporáneo tienen una siniestra voluntad de pasar por encima de las contingencias singulares, las contingencias reales, para imponer un orden de lenguaje inscrito en lo real que, para todos , no para cada uno , ordena sus palabras y sus aspiraciones, sus deseos y sus satisfacciones, marca los signos que ordenarán el goce de los cuerpos.

            Repetimos a menudo que el Amo contemporáneo está, sobre todo, ligado a la producción y al imperativo del consumo, pero me parece que la dimensión más cruel de este amo reside en la mostración :  un exhibicionismo mundializado en un universo de comunicación global al que es difícil de escapar.

            La queja sobre el goce perdido deviene, hoy, queja de un goce no adquirido,  imposible de poseer, de apropiárselo,  inalcanzable ; es un goce en imágenes, en el papel brillante de las revistas o en las pantallas al uso. Poco importa que se trate de objetos, de humanos, de adornos o de modos de vida ; lo que ese mundo propone engañosamente es “felicidad” a través de esos objetos. El corolario es inmediato: “si no eres feliz es culpa tuya” y así es como la culpabilidad y la envidia son los sentimientos, o las pasiones,  de nuestras sociedades contemporáneas.

            En el pasado los poderosos, los ricos de siempre, los que poseían todos nuestros “no tengo” , se escondían, llevaban sus síntomas en secreto lejos de la vista de los comunes mortales. Hoy los palacios se han abierto, sus riquezas son exhibidas, sus bellezas son negociadas en la plaza pública , y el deseo del sujeto padece de ello, desviado sin cesar, errante, sin poder encontrar lo que regularía su goce ; los objetos brillantes que le son mostrados ocupan el lugar de los objetos causa del deseo que podrían regular el goce. La pasión de la envidia, la avidez pulsional reemplazan al deseo, poco importa que el sujeto esté hambriento o cebado, la orden de “goce para todos” engaña a las condiciones singulares de goce de cada uno.

            Los síntomas que, a pesar de todo,  siguen respondiendo a las condiciones singulares del goce determinado por el inconsciente del sujeto, demuestran un conflicto contra el Yo alienado a los significantes del Otro, resisten a obedecer al Amo, a las obligaciones del goce del discurso que les es propuesto por los aparatos de la sociedad.

            Salvo que así concebidos, los síntomas serán, no solamente sufrimiento, sino desviaciones, fracturas de la regla, del Ideal impuesto ; la consecuencia serán segregaciones diversas y escuchamos hoy a sujetos que se quejan (y de hecho exigen) no cesar de sufrir”, sino recuperar su lugar fantasmático en un lugar (profesional, social, familiar) del que se sienten expulsados ; no siempre es fácil hacerles saber que , justamente, ese lugar envidiado es el señuelo en el que su deseo y su narcisismo están atrapados y que un poco de exilio podría ser su salvación. De hecho sigue sorprendiendo que algunos sujetos se quejen más de la herida narcisista que del sufrimiento neurótico que la ha producido y esto ya da una orientación apreciable sobre el posible futuro de la cura.

            Cuando el síntoma es leído como desviación, incluso lo que le viene al sujeto de su real de viviente, de su organismo, puede ser rechazado como inadecuado en nombre de la falta de goce, y entonces hay que reclamar a la “ciencia”, aquí médica, las soluciones.

            En lo que respecta al Otro social, éste responde estigmatizando los síntomas, incluso si , hipócritamente, los disfraza de enfermedades , véase los criterios de adicciones en los nuevos manuales de psiquiatría. Todo tiene cabida : drogas diversas desde luego, tabaco y alcohol seguro, pero también trabajo, sexo, ejercicio físico, emociones fuertes, lectura de periódicos, y varias más. Ciertas “enfermedades” son, de hecho, manejadas como un insulto. Si muchos comportamientos son  permitidos hoy, ello va con el castigo a las desviaciones del Ideal; estas desviaciones son las que el sujeto contemporáneo recibe como “lo malo” y constituirán su queja repetida.

            Escuchamos así los modos en  que un goce alien, extranjero, toma posesión de los sujetos y ocupa el lugar del  “modo en que cada cual goza de su inconsciente en tanto que éste le determina”, una de las últimas definiciones del síntoma de J. Lacan. Este goce produce sujetos que no quieren creer en sus síntomas y menos aún en su determinación inconsciente, cerrando así la puerta a cualquier posibilidad de desciframiento. Fijados a su goce perdido,  “por culpa del Otro”, su bla – bla – blá  esquiva  la interpretación. Para un sujeto desconectado de su decir la interpretación no puede ser mas que palabra muerta, se producirá ya estéril, el inconsciente no estará prometido a librar ningún saber, sordo a las invocaciones del analista.

            Nuestro aliado en esta tarea será justamente el inconsciente, arbeiter infatigable o latido de una pulsación, que insiste en testimoniar del conflicto entre ideales y pulsiones; aquí es donde la neurosis juega sus cartas para un sujeto, para ese sujeto preciso, de un modo imposible de generalizar. Sabéis bien que el inconsciente trabaja  a espaldas del sujeto para resolver a su manera el conflicto, que ese trabajo guste al Yo o  le moleste, es indiferente.

            Y el psicoanalista es el responsable de los resultados de este trabajo del inconsciente; el ser como hablante viene a producir los datos del inconsciente, al psicoanalista es a quien toca convertir estos datos en experiencia de un sujeto  al prestarse a su articulación como saber inconsciente.

            Este trabajo, imposible fuera de la transferencia, del Sujeto supuesto Saber, sería una justa respuesta al síntoma como emergencia de goce en el espacio del sujeto. Que la palabra encuentre un lugar así constituido al que dirigirse es lo que corre el riesgo de poner en funcionamiento el carro del análisis. El goce que falta al sujeto y del que el sujeto se queja como un síntoma podrá virar, paso a paso, a experimentar el síntoma como un modo de goce que sobra en el inconsciente del sujeto.

            No siempre es fácil en un mundo lleno de palabras , lo exige la comunicación , orientadas por los significantes del Amo, hacer advenir y existir una palabra que se oriente por y hacia lo real del sujeto. Y lo adquirido es a menudo frágil pues internet o las páginas de los periódicos amenazan al Sujeto supuesto Saber con un “nuevo descubrimiento” de la ciencia (ya sea genético o neuroquímico). Además, de todas las curas en oferta en el supermercado global, el psicoanálisis es la más trabajosa y no promete milagros; solamente asegura la puesta al trabajo del lenguaje y vía la palabra del sujeto, sus efectos sobre el goce. No olvidaremos que la palabra y el sentido tienen su propio lote de goce en reserva, pero el apoyo no está precisamente en el goce del sentido sino en el poder creacionista del lenguaje, su poder de trasformar lo real.

            Detengámonos un momento sobre ese poder. El saber freudiano se ha convertido en un discurso corriente, en ese sentido ya no hace preguntas ni escandaliza : la referencia al sexo como causa, al padre, al edipo, a la pulsión o al inconsciente pasan como verdades generalizadas sin ningún enganche sobre la singularidad ; no es que no sean operantes sobre los datos subjetivos sino que, producidas en un discurso público, fuera del trabajo analítico, taponan las cuestiones del sujeto con un saber vano. El mismo destino espera a las interpretaciones verdaderas que resbalan sobre un goce que resiste a ser cifrado – descifrado o que chocan con sólidas fijaciones libidinales. La verdad, comparada con el goce producido o esperado,  está bastante desvalorizada en estos últimos tiempos.

      Más que nunca la creación no puede producirse mas que en lo íntimo del discurso del sujeto; el único saber operativo es el que surge ligado a los efectos sobre lo real, a los efectos sobre el goce de un sujeto en análisis.

            El psicoanalista a la altura de su acto tendrá que hacer que el sujeto elija entre su no – saber y la hiancia abierta a los momentos fecundos de la cura. Incidir sobre esa elección orienta la palabra hacia una brecha diferente de la queja por el goce perdido, aunque esa orientación no pueda exigirse.

            El hilo rojo de esta orientación no es otro que lalengua, su materialidad. El analista de hoy será el que pueda afinar su escucha y su acto con las vibraciones del diapasón de lalengua, sustancia gozante del lenguaje.

            Así es como el psicoanálisis podrá rectificar el goce de un sujeto sin desconocer la falta inherente al ser hablante y abrir la posibilidad de la contingencia de los encuentros, según los vectores de su deseo inconsciente. Así se tendrá la posibilidad de salir de la repetición de la huella, repetición del resto de goce que podrá dejarse caer.

* Clase de apertura del Curso 2005-2006 del Colegio de Psicoanálisis de Madrid.

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Last modified: 10 septiembre, 2015

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