Placer y dolor. Goce y pulsión de muerte

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Por Vicente Mira.

I parte

(Clase impartida en el VI CURSO MONOGRAFICO SOBRE TEORÍA Y CLÍNICA DE LAS ADICCIONES: LA SEXUALIDAD Y LAS ADICCIONES – 15 de febrero 2006)

 El tema de hoy me parece que es el núcleo fundamental de la experiencia analítica, fundamental porque es el núcleo real de la experiencia analítica, dando a real todo su peso más allá de la realidad psíquica.

He hecho este esquema. Vamos a hacer su recorrido.

Q ———————————> Qh                          Realidad psíquica

I(a) ——————————>S(A)                               Narcisismo

S tachado<>D———————>S tachado<>a                     Pulsión y fantasma

FI          J(A)                                                 Goce fálico y goce del Otro (Otro goce)

El título que escogería para la clase de hoy es: “Las imposibles vestiduras del goce”. Vestir al goce, ponerlo fuera del cuerpo.

Para comenzar haría una afirmación: el goce, como lo más real, no es una experiencia dialéctica. Estamos acostumbrados a manejar  los términos en oposiciones varias, es decir,  introducir una dialéctica en el juego del pensamiento:

Consciente/Preconsciente/Inconsciente

Inconsciente/Pulsión

Ello/Yo/Superyo

Deseo/Demanda…

En la conceptualización analítica , podríamos hacer un buen número de funciones que se mantienen entre ellas en una relación más o menos dialéctica. Diciéndolo fácil: todo lo que es del registro de la relación del sujeto con el lenguaje o de la relación del sujeto con el Otro del significante, son relaciones dialécticas. La relación del sujeto con el goce no es una función dialéctica.

El punto de partida (que va muy bien con el caso clínico presentado  hoy) es decir que cuando hablamos de goce se trata del cuerpo. Que sólo un cuerpo inicialmente puede o no puede gozar. Y secundariamente otros goces del alma al más puro estilo agustiniano, otros amores intelectualis deo como decía Spinoza, pueden venir a injertarse sobre ese goce del cuerpo. Pero no sólo eso sino que nos tenemos que acostumbrar a pensar que esa función que llamamos goce no dialéctica, ese elemento que llamamos goce, es una perturbación del cuerpo. No hay, hablando con propiedad, armonía del goce en el cuerpo. No hay posibilidad de armonizar a un sujeto con su goce.

Tercera afirmación: el goce está por todos los lados. Pero en lo que se refiere al sujeto el goce no es un ex-nihilo, aunque podríamos remontarnos a los Testamentos, a las Sagradas Escrituras y todas las teogonías que han sido hechas en el mundo, podríamos remontarnos a un goce divino que, puesto en ejercicio, da lugar al hombre pero no sin palabras. Si queréis os invito a leer el Corán, o el Mahabarata, sobre el surgimiento de los dioses y del mundo de la nada en las disciplinas védicas.

Pero aunque pudiéramos considerar eso así, vamos a dejar las versiones míticas y decir que ese goce que está por ahí, en relación con el sujeto va a estar siempre excluido. Omnipresente y excluido. Entonces cómo hablar de este goce, que es un goce del cuerpo, del cuerpo silencioso, excluido desde siempre y omnipresente. Algo así como el dolor de esta paciente en el cuerpo que le cuesta tanto trabajo llevar al dominio psíquico y a la palabra, que vive como dolor lo que  podría vivir como sufrimiento de un sujeto.

Pues bien creo que la manera de hablar de esto es vestir al goce. Por eso he titulado el tema de hoy “Las vestiduras imposibles del goce”. Vestir al goce es intentar capturar, limitar algo del goce del cuerpo y hacerlo aprehensible y por otro lado intentar poner el goce fuera del cuerpo. Esos son los vestidos al fin y al cabo. Los vestidos son una manera de presentar a los otros, no el cuerpo, sino algo fuera del cuerpo. Eso lo saben muy bien los chicos actuales en las escuelas ricas con toda la historia de las marcas y del consumo de los ornamentos diversos para dar cuenta de que es una manera no de presentar al sujeto sino de presentar una cierta exhibición de la relación con el goce, fuera del cuerpo.

Por otro lado también querría afirmar, antes de empezar este recorrido,  que el goce es lo más real que tenemos en la experiencia analítica.Pero que justamente por ser lo más real, es decir fuera del lenguaje, por lo que nuestras aproximaciones a la cuestión del goce van a ser siempre bajo el modo de un semblante, de una apariencia. Siendo lo más real  sólo lo podremos ver en sus vestimentas, se nos escapará siempre en tanto que real.

Si bien, el ser hablante tiene – de ahí la importancia desmesurada que tiene para los humanos el sexo – el ser hablante tiene, gracias a la sexualidad, un acceso al goce. Desafío a cualquiera a nombrar, a poner palabras consistentes en la experiencia sexual. A hacer saber al otro lo que es un orgasmo si no lo ha conocido nunca. A cualquiera de las señoras de la historia a darnos una información sobre  lo que es el goce femenino en palabras a un hombre, es decir masculino, ignorante de estas cuestiones como casi todos los hombres, y digo casi todos porque no son todos.

Es decir el hecho de que el ser hablante tenga, a través de la sexualidad, un acceso al goce, no le permite, sin embargo hablar del goce directamente. Bueno, la historia de la poesía, de la escritura, del arte, y probablemente las exaltaciones místicas y religiosas son intentos más o menos logrados, pero sobre todo fallidos de poner el goce como tal, el goce real en palabras.

Y vemos lo que es. Es una aproximación, siempre desde el exterior, metafórica, metonímica, retórica de aquello que no se puede decir como tal porque no es del orden de lo decible. Es en ese sentido en el que digo que el goce resiste a la dialéctica.

Sobre estas primeras afirmaciones vamos a intentar decir algo de las vestiduras del goce.

Os he escrito en la pizarra un esquema. Se trata del recorrido primero freudiano y a la vez lacaniano del registro de los vestidos del goce.

Podríamos decir que la primera aproximación al concepto de goce es la que nos proporciona Freud en El proyecto de una psicología para neurólogos cuando habla de cantidad (Q). Os invito a leeros el texto. Por ejemplo los dos capítulos sobre el placer y el dolor que son muy interesantes. Es una cuestión de cantidad (Q). Q representa la cantidad, sin adjetivos, la cantidad como tal. La cantidad de excitación que un ser humano, ni siquiera sabemos si hablante, que un cerebro, podríamos decir mejor que un ser, que un cerebro viene a recibir del mundo exterior. Eso es el equivalente podríamos decir, forzando un poco, del Das Ding, de la Cosa lacaniana. Podría ser el equivalente de un goce inmanente como decía Freud, de un goce que retorna siempre, como el movimiento de las estrellas retorna siempre al mismo sitio.

Cosa que no es del todo cierta porque el cielo ha ido cambiando en estos veinte siglos y las estrellas no acaban de retornar siempre al mismo sitio. El movimiento de los planetas cambia y el firmamento no es el mismo que hace quince siglos. Podríamos decir, el goce de los humanos tampoco es el mismo hoy que el que hace quince siglos y ni siquiera es el mismo que el de  hace cien años. Cada vez que hablemos de goce aunque no lo adjetivemos, vamos a tener en cuenta que el mundo propone al ser hablante un goce diferente según las épocas en que ese ser humano viva. Podríamos decir no sólo las épocas, sino que podríamos hacer extensión a las sociedades en las  que un humano viva, incluso a las condiciones de vida de los diferentes sujetos humanos aunque sea dentro de la misma sociedad.

El goce que se propone es diferente según los discursos que cada humano habita.

Este Q, este goce indiferenciado al que Freud llama excitación va a poder pasar a Qh (Q-h) (aquí h es la eta griega) que es el quantum de excitación que las neuronas pueden recoger. El quantum de excitación que las neuronas pueden guardar en su interior. Todavía no estamos en lo humano pero por lo menos ya estamos en un organismo, llamémoslo cerebro, que puede recibir unas magnitudes de excitación y que puede poner el número suficiente de barreras como para no verse desbordado por las inmensas cantidades de energías del mundo y traducirlo en cantidades más manejables, cantidades de excitación neuronal, el famoso Qh de Freud en el Proyecto de una psicología para neurólogos.  Es como el paso de lo real del mundo a la realidad psíquica.

Q -/-/-/-/- Qh/     Realidad psíquica

El siguiente paso es qué hace el sujeto, ya podemos hablar de un sujeto más allá del organismo-cerebro, qué hace el sujeto con esas magnitudes excitación. En primer lugar tenemos que tener en cuenta lo que  he dicho antes. Es decir que el goce es una perturbación del cuerpo. Que no hay armonía del goce.

Aquí Lacan introduce el Estadio del espejo.  Decir que no hay armonía del goce es decir, si me permitís decirlo así, en un cierto genetismo, que las primeras experiencias del  humano aún no hablante no son  las de un cuerpo sino las de un cuerpo despedazado. Las de trozos de cuerpo gozando independientes. En esto podríamos tener una percepción clara desde fuera al ver un bebé. Ver un bebé y ver cómo se produce un desorden de qué, ¿de sentimientos? No estoy seguro de que podamos llamarlo así ¿de afectos? Tampoco estoy seguro de que podamos llamarlo así . De experiencias vitales. Llamémoslo así. Un cúmulo de experiencias vitales dentro de un cierto desorden. Es decir, que a veces llora cuando tiene hambre, pero a veces se chupa el pulgar con fruición. Y también vemos cómo ese cuerpo hecho de cachos, de pedazos, gozando, digámoslo plenamente  ya sea gozando bajo el modo del placer, pero también bajo el modo del displacer, o del dolor, de la irritación, bajo el modo del frío, del calor… va gozando  de muy diferentes maneras y sin una verdadera unificación de estas huellas del goce. Diríamos que, siguiendo el principio freudiano, ese cuerpo se está construyendo, la realidad de ese cuerpo son diferentes Qh no ordenados, ni jerarquizados por un principio de unidad sino que son diferentes Qh gozando en el libre albedrío, si es que lo pudiéramos decir así para el cuerpo de un bebé.

Entonces Lacan propone, siguiendo a Freud, la primera vestidura de ese goce del cuerpo y la nombra como narcisismo. De ahí mi segundo apartado: del i(a), de  la imagen del otro,  a I(A) , a los Ideales del Otro. Digámoslo así: de la imagen a los Ideales. En realidad estas escrituras que aquí os propongo son la escritura del Yo Ideal, es decir, del narcisismo primario y la escritura del Ideal del Yo, es decir, ya del trabajo del significante sobre el hombre, sobre el  sujeto en la trama edípica.

La matriz del juego narcisista, de la integración narcisista, o también podemos decir de la defensa narcisista… porque no os lo he dicho y permitidme, entonces, hacer un intermedio para que se entienda mejor.

Si el  goce es disarmónico para el cuerpo entonces el sujeto  va a tener que defenderse siempre de ese goce que es disarmónico. Es decir, que todas las formaciones del sujeto van a ser pensadas bajo el modo de la defensa. Una defensa que se apropia de cachos como cuando te apropias de bastiones del enemigo. En ese sentido podemos pensar el narcisismo primario como una defensa contra el goce del cuerpo despedazado antes de su integración.

Podríamos decir que el modo de la defensa es el modo en el que se construye el sujeto. De defensa contra un mundo hostil, contra un mundo disarmónico que le perturba. La matriz, decíamos, es el Estadio del espejo. No puedo desarrollarlo ahora, pero sí  me interesa daros los resultados del Estadio del espejo.

El pequeño del hombre se encuentra enfrentado con una superficie que le devuelve su imagen hasta un cierto nivel de maduración instintiva, digamos de maduración nerviosa de los elementos de la percepción. Esa imagen no le dice nada hasta que en un momento,  esa imagen le representa. Se reconoce como uno en la imagen del espejo. Desde luego que para reconocerse como uno en la imagen del espejo necesita al Otro. Es decir que hay un otro, generalmente y casi siempre detrás, o al lado, o de la mano que le dice ese eres tú. Es decir que  algo del discurso del Otro y del deseo del Otro, pero en  todo caso de los significantes del Otro le están ayudando a construirse como imagen de sí mismo en el espejo.  Pero es una imagen. En realidad la operación que produce el Estadio del espejo es dar una apariencia de imagen, de unidad en la imagen al despedazamiento del cuerpo que el goce produce. Está  dando una pseudounidad a la imagen del cuerpo.

Esto se entiende claramente cuando vemos el contrapunto. En sujetos que han sido dañados en su estadio del espejo. El daño de la regresión al filo mortal del estadio del espejo, como en la esquizofrenia por ejemplo. El sujeto esquizofrénico cuando está en ello, en el desarrollo del trastorno, puede vivir su cuerpo  como despedazado y a trozos, puede vivir su cuerpo y así nos lo dice con sus síntomas, y/o con su versión delirante  y con su angustia, nos puede decir que su cuerpo está realmente en el estadio previo al estadio del espejo, en realidad no es el previo, es un retorno a lo fallido del estadio del espejo, es decir cómo se ve asediado por un goce que le disloca.

Sigamos con el sujeto no esquizofrénico. El sujeto va a percibir esa apariencia de la unidad de la imagen aunque la “procesión vaya por dentro” podríamos decir. Tardará bastante  tiempo o nunca lo conseguirá en dar verdaderamente una apariencia de unidad suficiente al resto del goce del cuerpo. La mediación es la mirada del Otro. Es esa mirada del Otro, el deseo, los significantes del Otro que le apoyan lo que permite el paso del organismo, de un organismo que goza autoeróticamente de sus partes a esa apariencia de unidad, prematura, pero ya  un cuerpo. De las partes gozando  desperdigadas a un cuerpo. Y el resultado de la operación, en el mejor de los casos, es la imagen total, lo que será después la matriz del Yo.

Vemos muy bien que el sujeto apenas todavía no hablante pero ya sujeto, por ser un polo de atracciones del deseo, de la mirada y de los significantes del Otro, captura un cierto goce en la operación. Captura un cierto goce bajo los modos del placer. Porque cada vez que el sujeto consigue recuperar algo de esta perturbación del goce que le habita es bajo los modos del placer. También puede ser bajo los modos del displacer pero de un modo un tanto paradójico. Por ejemplo cuando un sujeto fabrica un síntoma neurótico vamos a decir que ese síntoma le es displacentero pero, sin embargo, también goza de su síntoma bajo los modos del placer a otro nivel diferente. Hay sujetos que quieren más a  su síntoma  que al resto de las otras cosas. Lo que lleva a Lacan a decir que la mujer es un síntoma para el hombre.

Digo que el sujeto recupera algo del goce bajo el modo del placer y es la asunción jubilatoria de su imagen, es un júbilo, es con alegría, es en una cierta excitación gozosa con lo que el pequeño del hombre  recupera algo del goce que le perturbaba unido a esa imagen de unidad de su Yo, se pone contento de verse uno. Ahora bien, el apaciguamiento que esta imagen procura no va sin el refuerzo del peligro del empuje instintivo, es decir, del goce que le habita.Aunque sea un goce que responde a una pretendida  maduración instintiva. Que el sujeto disfrute haciéndose uno, viéndose uno, no va a impedir que entonces aumente el peligro de los otros empujes instintivos.

 ¿Cuáles? Los de la demanda, fundamentalmente. Es decir los de la exigencia de comida, de cuidados, de tacto, de respiración, de no ser dejado solo, de ser debidamente cubierto o tocado, o protegido por la mirada del Otro…es decir que hay un apaciguamiento real que la imagen procura al goce del cuerpo pero ello a la vez despierta, por decirlo así, otras exigencias que antes ni siquiera estaban identificadas. Empieza a ser posible identificar las otras exigencias que habitan ese cuerpo. Estamos en el dominio, en el orden del narcisismo primario. El término de narcisismo primario designa el investimiento libidinal del Yo. El investimiento libidinal de una unidad, poco nos importa lo frágil y poco consistente que pueda ser esa unidad.

Estamos en el dominio del narcisismo primario, es decir que esa libido, ese goce desperdigado en el cuerpo se reúne en una imagen. Pero no todo el goce del cuerpo es capturado por la imagen. Una parte es capturada por la imagen y es por aquella por la que el sujeto sentirá placer. Pero hay otra parte que es por la que el sujeto se sentirá acuciado para seguir viviendo, demandando, gritando, reclamando y protestando de las perturbaciones de su cuerpo. Así es como hemos de entender el hambre primitiva, la necesidad de cuidados, la sensibilidad a  los diferentes avatares de trastorno, molestia o sufrimiento que puedan producirse en el cuerpo del pequeño del hombre.

Hay una frase muy bonita que explica  este apaciguamiento de la apariencia, cuando deja intacto el hervidero de las pulsiones, diríamos de los instintos, el hervidero de las exigencias instintivas del futuro sujeto,  es una frase de Lacan en los Escritos, que aunque no tengo la referencia exacta voy a  intentar traduciros literalmente:

Correlativamente a la formación de esta matriz del Yo que se simboliza oníricamente por un campo vallado… véase un estadio, véase un circo)… que distribuye en la  arena interior a su borde… ( hace un esquema como de un circo romano, es decir,la arena está en el centro,  y es en la arena suave donde está el sujeto incipiente, pero a su alrededor hay todo un contorno de pantanos y de escombros)  … una bella arena rodeada de escombros y pantanos… ( se refiere a los restos de goce que no han podido incluirse en la belleza de la imagen completa) … se instalan dos campos de lucha opuestos… entre el Yo de la arena y los escombros y pantanos) … donde el sujeto se mete (en esos dos campos de lucha) … a veces cuya forma …( la forma de la lucha) … puede ser yuxtapuesta en un escenario, cuya forma simboliza al Ello de manera cautivante.

Es decir la pelea de la imagen del Yo con el goce que habita al pequeño del hombre es lo que nos prefigura en la idea freudiana del Ello. Es decir que hay algo que empuja, algo que exige, que mueve, más allá de lo que el sujeto querría conformar con su imagen.

El pensar que este narcisismo primario ha sido el investimiento de una parte del goce en una imagen, también nos aclara la oposición dinámica que está desde el principio entre libido sexual y libido del Yo. El Yo se conforma con la imagen pero la libido sexual no se conforma, no se deja vestir con ninguna imagen.Toda la patología de la vida amorosa podría iluminarnos sobre este punto.

Pero no sólo eso sino que esa energía sexual, esa libido sexual que, parcialmente, ha investido a esa formación que llamamos el Yo, evoca inmediatamente los instintos de destrucción, véase de muerte, para explicar la relación evidente entre la libido narcisista y la función alienante del yo, es decir la relación entre la libido narcisista y la agresividad. Es más, cualquier relación imaginaria del Yo con el otro, su matriz fundamental va a ser la agresividad, la rivalidad. Es muy fácil de pensar, si hay otro entonces yo no.

Este esquema es la matriz fundamental del narcisismo desde que el mundo es mundo. Es decir, “quítate de ahí que me pongo yo” y viceversa. Nos lo ilustra la clínica cotidiana a los niveles más elementales. El juguete que más me gusta es siempre el del otro, el campo del otro siempre es más verde, y no digamos ya si hablamos de mujeres…

La agresividad ligada a la pulsión de muerte está íntimamente anudada con la función narcisista de la imagen. El narcisismo quiere decir rivalidad y agresión por donde el goce narcisista se conecta de entrada con la pulsión de muerte. ¿Qué es lo que muestra esa pulsión de muerte? Muestra que además del goce que ha sido capturado por la imagen queda otro que es una intención de agresión, una dislocación corporal, como vengo diciendo, es decir un goce no simbolizable.

Leed los escritos sobre la envidia de San Agustín, que os ilustrará bien sobre este punto.

Y por otro lado daros cuenta de que esa parte de goce no investido en la imagen pero activa y operante va a permitir al sujeto de una manera muy primaria, muy primordial y muy difícil de capturar con las palabras una subjetivación del primer Superyo. Es como si simultáneamente, lo cual no es de extrañar, a medida que aparece una figura en el espejo, que por eso se llama i(a), porque es la imagen del otro, imagen del otro que soy yo mismo pero imagen al fin y al cabo, ese contorno de escombros es lo que representa, es lo que va a ser nombrado como el Ello. Es decir que inmediatamente el hecho que se forme un Yo despeja un Ello. Aunque sólo sea de una manera muy vaga, despeja  que hay algo que no es el Yo.

En este esquema hay que escribir i(a) en  el interior del círculo  pequeño interior.

Ello en el interior del círculo grande.

Y superyo  en el extremo derecho del círculo grande.

                                   EeEll

 Entonces en el aparato psíquico o, mejor dicho, en la vida de un sujeto el hecho de identificarse con una imagen despeja que hay algo que no es imagen. Basta con que te duela la tripa. Así de sencillo. O con que tengas hambre, frío o sed, para darte cuenta de que todo no es esa imagen que estás viendo  en el espejo. Ahí, en eso, es donde se precisa un Ello. Pero, por ende, dado que ese empuje instintual está ligado a la rivalidad, a la destrucción, a lo que es vivido como disarmónico, simultáneamente hay una cierta simbolización primitiva de un primer Superyo.

De lo que toda la teoría psicoanalítica va a llamar  después el Superyo materno.  Fundamentalmente los estudios de Melanie Klein son los que aperciben que antes del Superyo edípico había algo que funcionaba como Superyo de una manera más feroz, más intensa y más tirana que el Superyo edípico. Es decir, que antes que la ley de la polis, (por decirlo de algún modo, el Superyo edípico es un poco la ley de la polis: qué prohibiciones funcionan para el humano) M. Klein se da cuenta de que en los sujetos neuróticos opera una identificación, una introyección primaria mucho más brutal que los valores de la polis que es lo ella llamó el Superyo materno y que nosotros podemos llamar la introyección de un kakón. Lacan toma la palabra de la Grecia antigua, es decir una maldad, un destino maligno, un agente del destino maligno, una instancia mortífera, la introyección de una instancia mortífera ligada directamente a ese Yo que habita el cuerpo.

Habitualmente del estadio del espejo se recoge el apaciguamiento por la imagen, la imaginarización de un cierto goce del cuerpo y con frecuencia no se subraya suficientemente  lo que queda fuera de ese goce del cuerpo que es ya un germen del Ello insistiendo pulsionalmente y un germen del Superyo que es un inicio de la representación de la pulsión de muerte en el seno mismo del narcisismo: destrucción del otro/destrucción del sujeto.

Habrá que esperar a las identificaciones edípicas. Habrá que esperar la función apaciguadora del Ideal del Yo, por eso lo he puesto en flecha con el narcisismo, con el Yo ideal, para ir más allá de esta agresividad constitutiva de la primera alienación, de la primera alienación a la imagen, de la primera individuación subjetiva. Eso de “al hermanito hay que quererle y no hay que tirarle por la ventana”, eso ya es plenamente edípico, lo primero es “al hermanito hay que tirarle por la ventana”… Hay que tomarse esto en serio, es la agresividad innata del “yo soy uno por qué me traen a otro”…es decir, que es algo que está inherentemente, estructuralmente ligado al  narcisismo. Hará falta que vengan por encima todos los ideales: “hay que ser bueno, hay que ser educado, hay que querer al hermanito”…es decir todo ese trabajo de  civilización en sentido propio del sujeto del narcisismo, para ir más allá de esta primera agresividad constitutiva del narcisismo.

Por otro lado en ese momento, a medida  que los ideales vienen y la imago se reviste de significantes ideales, además de la imagen pura del espejo, cuando el  niño aprende a que “además de ser guapo y uno, hay ser estudioso, educado, discreto, simpático…” todos esos pequeños significantes ideales que se colocan en suma a la imagen del espejo, el Ello se hace más y más… diríamos…campo de refugiados, por decirlo así.

El Ello se aleja cada vez más de lo civilizado, cada vez se desconoce más la dimensión pulsional, o se intenta, que no se consigue pero se intenta, desconocer más las exigencias pulsionales, las huellas de lo que ninguna imago puede suturar de la captura del goce sobre el humano. Y simultáneamente los ideales edípicos van a proporcionar a este Superyo  feroz que llaman “materno” de Melanie Klein, se van a sumar los significantes del Ideal del Yo. Y todo buen lector de Freud sabe que cuando él habla del Superyo incluye en esa instancia al Superyo propiamente dicho, órgano puro de goce y al Ideal del Yo. El Superyo está constituido por el Superyó ,órgano censor puramente ligado al ejercicio ciego del goce y los ideales del sujeto que ya son ideales adquiridos en el tránsito edípico.

Entonces esta función imaginaria del narcisismo nos orienta también sobre la elección de objeto. Damos un paso más. Si leéis el artículo sobre el narcisismo de Freud veréis la relación de la elección de objeto con el narcisismo. El investimiento del objeto como narcisista o como anaclítico, que viene a ser lo mismo: amo lo que es igual que yo o amo lo que necesito para ser yo mejor… los dos  modos de elección de objeto vuelven al narcisismo,  la imagen especular es el canal que toma la transfusión de la libido del cuerpo hacia los objetos.

De ahí que hoy, en un mundo cada vez con menos ideales, con menos trama simbólica y con un goce impuesto más terrible, la dimensión narcisista, la elección narcisista sea la que prime sobre todas las otras elecciones, por lo menos en el mercado de los objetos que conocemos. Toda elección de objeto es elección narcisista. Este es el amor freudiano. La elección de objeto es una elección “teledirigida” por el narcisismo. No es el amor lacaniano. Pero hoy no vamos a hablar del amor lacaniano.

Sólo decir  que  hay una prolongación del narcisismo en el objeto de amor. En este sentido el narcisismo funciona relativamente bien y eficaz para el desorden del goce. Ahora bien,  sustituye los estragos del goce por los desórdenes del estrago amoroso, que no son pocos. Es decir que el goce sigue insistiendo desde el objeto. Esta vez a través del amor ligado como narcisista por Freud, el goce sigue insistiendo desde el objeto bajo este modo de desórdenes del estado amoroso. Si alguien niega que el amor está teñido con la pulsión de muerte que lea los periódicos y no hace falta darle más vueltas. Es decir el porcentaje de desórdenes amorosos que acaban en la agresividad y la destrucción de la pareja, etc. etc. es conocido por todos.

Hasta aquí el primer estadio.

Segundo estadio: estábamos con un bebé que ser reconocía en una imagen y que estaba gozando autoeróticamente de sus objetos corporales. Estábamos en pleno goce autoerótico. El goce auterótico es lo que se ha vestido de narcisismo. Más “decente”. El goce autoerótico como tal no es “muy decente”. Y podríamos decir que un “buen estado” de goce autoerótico va de par con un buen estado del narcisismo primario y da un buen campo al segundo paso, que será la construcción de un cuerpo pulsional.

La construcción del cuerpo pulsional se hace a través de los significantes de la Demanda del Otro. De ahí que Lacan nos proponga como fórmula de la pulsión:

                                  S  tachado  D

La relación (rombo) de un sujeto dividido, un sujeto en falta, con la Demanda del Otro.

Y esto ¿qué quiere decir? Pues que el niño cuando le duele, no sabe si le duelen los oídos, si tiene hambre, si está mojado y tiene frío…y que es la significación que la madre da sobre esos fenómenos del goce del infans, son los significantes que coloca sobre ese goce del infans, lo que determina la construcción pulsional.  Y si os dais cuenta el ordenamiento simbólico de las zonas erógenas va a estar hecho por el discurso materno. Son los significantes maternos (cuando digo maternos quiero decir maternos o sustitutos,  la o el que se ocupa del bebé) . Ahí es donde se construye el primer ordenamiento de los orificios. El niño llora y la madre dice, tiene hambre y le enchufa el objeto teta y el niño deja de llorar, ergo tenía hambre, es decir que le ordena una satisfacción pulsional, no un deseo del niño, todavía no lo sabe, estamos en el pleno infans aunque ya se haya reconocido en la imagen especular aunque tenga ya un germen, un esbozo, un esquema de lo que va a ser el Yo, ordena los orificios. En los cuidados maternos no se trata de cuidados sino de civilización del goce de ese cuerpo y sobre todo concentración del goce desperdigado de ese cuerpo, en los orificios corporales. La madre no se ocupa del hígado del niño, ni de las tripas, se ocupa del culito, de las orejas (de que oiga bien),se ocupa de los ojos (“cierra un poco la cortina que sino el niño no va a dormir”), se ocupa de la boca (come o no come), de lo oídos  (porque duelen, porque no duelen, “no hagas ruido porque el niño se va a despertar” )…

Es decir que los cuidados que damos al pequeño del hombre son cuidados del goce, de una cierta civilización, de una cierta manera de templar los goces del cuerpo y también de ordenarlos respecto a los orificios corporales La prevalencia de los cuidados, además de las palabras que acompañan a los cuidados y que son altamente necesarias porque ordenan los significantes, los S1, los significantes unarios que marcan el cuerpo del niño de un modo u otro, ordenan el registro pulsional.

Aquí podríamos extendernos viendo con miles de ejemplos lo que puede ser el trastorno efectivo de este ordenamiento pulsional. Lo que puede dar una madre que a todo grito o dolor del niño responda teta, o la que responda otra cosa diferente, o la que por sus propias inhibiciones no cuide particularmente tal o cual orificio, o la que por sus propios síntomas neuróticos no cuide tal o cual goce infantil, la que propiamente forcluya la existencia de tal orificio de goce en el cuerpo del humano…

Es decir que es realmente la construcción de un cuerpo pulsional y la vez, la construcción de un sujeto como objeto. Es decir que en esta construcción pulsional el niño, sujeto reciente de su primera corporalidad se siente objeto de los cuidados del deseo y del goce materno. La experiencia de objetalidad, de dependencia, de inermidad, de desamparo del pequeño del hombre puede ser gigantesca a nada que esa gran empresa de transformación corporal en orificios, de construir el cuerpo en un donuts… Vamos a detenernos aquí un momento: se podría decir que el cuerpo humano es como un donuts, es un toro, tiene una estructura tórica perfecta.

El cuerpo humano es más o menos un saco con orificios, algunos con comunicación y otros sin comunicación, en lo que es una estructura tórica, como un donuts, hay un vacío fuera y un vacío dentro,  y alrededor de todo eso está el cuerpo. Y  la comunicación del cuerpo con el exterior es a través de los orificios (considerando a la piel como un gigantesco orificio, pero de eso habría que hablar otro día, es decir que la piel también cuenta, también recibe estímulos, también es un orificio de percepción, una zona erógena).

Lo que me importa aquí en este segundo punto de la construcción del cuerpo pulsional es que si en el primero, en el narcisismo había un apaciguamiento y una captura  del goce por una imagen, la imagen especular, aquí, hay una captura del goce por el significante.Por los significantes de la Demanda materna. Es un ciframiento significante del goce innombrado del cuerpo. Es un procedimiento de lenguaje, el que civiliza aquí el goce. Y si seguimos a Freud de Las pulsiones y sus destinos es un procedimiento gramatical. Las pulsiones se estructuran en términos de lenguaje. En términos gramaticales. Podríamos decir que en vez de un goce vestido de imagen aquí se trata de  un goce vestido de gramática.

Si el narcisismo permite de cierta manera pasar lo que afecta del organismo al cuerpo bajo la forma de esa imagen total del cuerpo, la pulsión permite hacer pasar lo que afecta al cuerpo al inconsciente.

El primer paso era del goce orgánico a una imagen, que a partir de esa imagen llamamos cuerpo, nuestro cuerpo, mi cuerpo.

Ahora con esta maniobra del significante materno, lo que hacemos es ordenar, separar, jerarquizar ese goce en significantes de la pulsión , en representaciones de la pulsión. De la pulsión sólo tenemos noticia a través de sus representaciones, nos dice Freud desde el principio. Es decir que a través de esos significantes, a través de esas representaciones pulsionales el goce se cifra en el inconsciente. Porque es el Ello el que la madre está manejando. Cuando cree manejar el cuerpo del niño, sus necesidades, sus exigencias, sus demandas, los diferentes orificios del cuerpo…lo que está haciendo es construir el  Ello del niño, bueno, decir el Ello es excesivo, pero sí podemos decir que está construyendo el registro instintivo, el registro instintivo, el registro pulsional, el registro de goce de ese cuerpo que no ha sido reabsorbido por la imagen especular. En ese sentido es legítimo decir esto: las pulsiones es lo que permiten hacer pasar el goce del cuerpo al inconsciente.  Mientras que antes el espejo,  el narcisismo había permitido pasar el goce del organismo al cuerpo.

Esto es lo que le permite decir a Lacan que la realidad del inconsciente, no dice el discurso, no dice las manifestaciones del inconsciente o las formaciones del inconsciente, dice la realidad del inconsciente es una realidad sexual, esa realidad que ya no es real porque ya ha sido traficada por lo simbólico del lenguaje  y por lo imaginario de la imagen, ya no es un real bruto, es ya una realidad humana. El “tengo hambre” ya no es un real, el “tengo hambre” es una realidad humana construida con los significantes que nos enseñaron a decir que eso era hambre y que nos afectaba de un modo particular.

Es decir que la realidad del inconsciente va a ser una realidad sexual. Es decir de la captura de trozos de goce en el inconsciente. Pasar el goce cifrado, ciframiento como se cifra un mensaje, el ciframiento del goce al inconsciente.Esa es la realidad sexual en sentido propio. De ahí todos los avatares de la pulsión, que hoy no voy a comentar. De ahí que la fórmula del goce pulsional,  ya no es goce narcisista, ya tiene el adjetivo de goce pulsional a veces juegue el uno con el otro, es decir, se intercambien los unos con los otros. Sabéis que las pulsiones se intercambian entre ellas con mucha facilidad. Que tengo ganas de comer y no puedo comer…con algo me las arreglaré…que tengo deseos sexuales que no puedo satisfacer…pues como… Es decir esas ecuaciones de intercambio de pulsiones son ecuaciones de sustitución de gocebastante bien conocidas en la vida cotidiana, cómo se puede suplir una satisfacción por otra…

Que la realidad del inconsciente es la realidad sexual, eso es lo que  permite a Freud acuñar el término de libido.

Y la libido es la presencia como tal, la presencia efectiva del deseo en el sujeto. Es decir que cuando decimos libido, estamos hablando de  presencia del deseo en el sujeto. Pensando aquí el deseo como el residuo del efecto del significante sobre el sujeto. Esa captura del goce del humano en significantes pulsionales, en representaciones pulsionales, deja un resto significante que es lo que venimos a llamar deseo.

Por eso el deseo no tiene objeto, porque el deseo no es más que un resto significante de nuestra humanidad. Es en tanto que humanos que no vamos a poder encontrar con facilidad un objeto que se acomode a nuestro deseo. Por eso el deseo es tan errático y por eso es además tan potente y empuja siempre, toda la vida, por eso decía Freud el deseo del sueño es siempre el mismo deseo. A lo largo de toda una vida el deseo inconsciente  del sueño va a ser siempre el mismo deseo.

Ese resto significante, o mejor ese resto del efecto del significante en el sujeto es lo que le va a dejar enfrentado siempre con un objeto perdido. De ahí es donde Freud sitúa potentemente su matriz, que es la misma  que Lacan retoma, cuando dice todo objeto no va a poder ser más que un objeto reencontrado, porque aquél objeto perdido, aquél está perdido para siempre.

Podríamos decirlo en los términos que estamos manejando hoy. El goce autoerótico que fue perdido en el ciframiento pulsional,ese goce está perdido para el sujeto  y sólo queda el resto del efecto del significante en el cuerpo es decir sólo queda un cuerpo marcado por esos significantes de la Demanda materna y el nombre de la marca, es el deseo. Lo que queda como efecto, como desarrollo de esas marcas, es del deseo.

Declinemos ese punto clínicamente. En el análisis freudiano de la pulsión encuentra muy claramente un reitz, así lo llama, una subida de excitación. Si os dais cuenta es el mismo esquema que al principio. Pero aquí Q era la excitación del mundo. Hemos llegado a través de la imagen y a través del  significante y de los significantes del  ordenamiento de la demanda materna a que el reitzla excitación sea  interna, pero no deja de ser excitación. Una cantidad de excitación, un empuje de excitación a la cual el sujeto tampoco puede escapar. Así como el sujeto no puede escapar fácilmente a la excitación del  mundo que le rodea, tampoco va a poder escapar a ese cachito de mundo, de goce que hemos metido en nuestro inconsciente, tampoco el sujeto va a poder escapar a la excitación pulsional, al reitz, al empuje de la excitación. Eso va a ser un dato radical de siempre, de toda nuestra experiencia. Un empuje constante, una energía constante, el drang pulsional, es lo que responde como vivencia a la excitación interna, al reitz, a la excitación que sufre el cuerpo. Esa excitación se transforma para cada sujeto en empuje pulsional.

Al otro punto de la cadena estaría la satisfacción. Las pulsiones se satisfacen, aunque sea paradójicamente, pero se satisfacen.

Ahora, ¿quién se satisface en la pulsión? La pulsión misma.  Es decir el sujeto no siempre se satisface de la satisfacción pulsional. Es más, hay sujetos neuróticos que llevan fatal eso de la satisfacción pulsional. Preferirían que todas las satisfacciones entraran en la horma del Yo. Y la pulsión no es precisamente la horma del Yo. La pulsión es más bien lo que fastidia a la horma del Yo. Es más bien lo que fastidia el modelo: “como a mí que soy tan estupendo, tan serio, tan riguroso…me pueden entrar de repente ganas de… X ”. El Yo se lleva mal con las pulsiones. Y esto es la fuente de las neurosis.

Pero la cuestión no es quién se satisface con la pulsión sino ¿a qué satisface la pulsión?

Pues bien, la pulsión satisface al Principio del placer. La única fractura que el humano se puede permitir del Principio del placer es bajo el modo de la pulsión. La pulsión satisface al Principio del placer. Pero os recuerdo que el Principio del placer se definía de una manera muy sencilla: energía de excitación al nivel más bajo posible, si posible cero. Naturalmente el empuje pulsional no es cero, es todo menos cero. Que el empuje pulsional encuentre su satisfacción es … que la energía ha recaído, ha vuelto a caer a su nivel más bajo. Que al Yo le guste o no cómo el sujeto del inconsciente se ha satisfecho pulsionalmente no importa. Al inconsciente y a la pulsión “les da igual” que al Yo le guste o no, si me permiten decirlo así.

¿Que el Yo está oponiendo resistencia a la satisfacción? Muy bien,  se disfraza.

¿Que el Yo está oponiendo resistencia al disfraz? Muy bien, se desplaza.

¿Que el Yo está oponiendo resistencia al disfraz y al desplazamiento y a la pulsión? Muy bien, se transforma en síntoma.

Y el Yo se fastidia pero la satisfacción pulsional se realiza. De ahí que dijera Freud que los sujetos, no los “yoes”, no las personas, sino los sujetos del inconsciente disfrutan en sus síntomas aquello  que el Yo les negó disfrutar en la pulsión.

De ahí que las pulsiones siguen siendo esos fragmentos de goce capturados en el inconsciente por los significantes reprimidos. Paradójicamente podríamos decir que el inconsciente es un sistema “en el que todo se arregla”. Lo acabo de decir. ¿Lo que disgusta al Yo? Pues ya le gustará bien  al Ello. Y si no le gusta ni al Yo ni al Ello pues ya disfrutará con el goce superyoico de la prohibición.

El sistema inconsciente, el sistema del goce, consigue siempre su propio tipo de satisfacción. Que el Yo quiera o no, da igual. A esto me refería cuando al principio os decía que el goce no era dialectizable. Con el goce o hay o no hay y si tiene que haber, lo habrá . No hay dialéctica del goce.

Por otro lado, ningún objeto de ninguna necesidad puede satisfacer a la pulsión.Si recordáis el esquema freudiano o lacaniano, da igual porque era el mismo: aquí el empuje, drang y aquí la satisfacción, befriedigung, siendo esto la fuente, la quelle…

(Aquí iría el dibujo de la pulsión rodeando al objeto a)

La pulsión se satisface rodeando al objeto…no alcanzando al objeto y gozando de él. Hemos quedado además que en las pulsiones el que es objeto es el sujeto, vamos el cuerpo…es decir no es tan fácil el estatuto…

Pero bueno, empuje pulsional  —> rodea al objeto, vuelve a la fuente, rodeando al objeto y ahí está la satisfacción. Es decir, la satisfacción pulsional,se consigue, no alcanzado al objeto de la necesidad, sino dando una vuelta en torno a  él y volviendo a la fuente.

Si lo pensáis con la comida, es absolutamente cierto. No es el comer el objeto lo que produce la satisfacción, el verdadero aplacamiento que es la satisfacción lo produce el no tener ya ganas de comer el objeto, el haber acabado ya de comer el objeto. Mientras quede algo de ganas sigues en el empuje. Cuando ya no quedan ganas, cuando ya no se puede más y la flecha ha dado la vuelta al objeto y ha vuelto a la fuente es cuando ha caído la tensión y se ha satisfecho el Principio del placer, ahí es donde podemos hablar de satisfacción pulsional. Esto explica muy bien por qué no hay ningún objeto que satisfaga. Porque en realidad la satisfacción pulsional no está en el objeto, está en la vuelta a la fuente.

Un ejemplo en la vida amorosa. El sujeto celoso, el sujeto celoso con “celos  de verdad”, con “celos dignos”, celos de matar pero que no mata, (matar es la manera pulsional de resolver los celos es destruir al objeto que los genera) su amor, su deseo por el objeto amado va a seguir en el reitz, en la excitación , esa satisfacción pulsional no va a obtenerla estando con su pareja, ni va a obtenerla en el acto sexual con su partenaire, sólo va a obtenerla cuando algo se haya apaciguado del orden del amor, cuando el amor  haya  estado satisfecho. Fijaros,  qué tarea, satisfacer el amor. Y cuando hay quejas de sujetos que sufren de los celos, dicen, “yo ya no se qué hacer para que no tenga celos el otro”, o a la inversa, “yo ya no se qué hacer porque no está en ella, está en mí”, una manera perfecta de decir que la cuestión no está en el objeto, está en el sujeto, algo así como ¿cómo apaciguar de una vez esta sed de amor que me invade de esta manera? Estoy hablando, insisto, de celos dignos, no de celos indignos hechos de narcisismo, de rivalidad…estoy hablando de los celos como parte integrante del amor.

Bien. Os dais cuenta por qué, las pulsiones, esos fragmentos de goce marcados por el significante en el inconsciente del sujeto, aunque sería mejor decir en el Ello, son siempre pulsiones parciales. Son siempre trozos de ese goce. No hay ninguna relación evolutiva entre unas y otras. Hay una relación que el goce establece. El pasado de lo oral a lo anal, de lo anal a lo sexual…no hay tanto una relación evolutiva sino lógica entre ellas.

Y en tanto que pulsiones parciales cada una lleva su dosis  de muerte. Que cada pulsión parcial en tanto que tal está indisolublemente ligada, imbricada, diría Freud, con la pulsión de muerte. Y aquí viene la paradoja. La pulsión de muerte frena a la muerte.El puro instinto de vida,  lo ha usado Lacan en algún punto, dejado solo a su ejercicio llevaría a la muerte certeramente.

El hecho de que la pulsión de muerte, encarnada por  el significante que es lo que mortifica al sujeto, lo que le impide gozar desordenadamente, es decir, le mortifica, el puro freno al goce que el significante implica es lo que hace que un sujeto viva, y que viva más o menos bien, no es debido al instinto de vida. Es debido a la imbricación, a la red, a la malla que el instinto de vida construye con la pulsión de muerte, es decir con el instinto de muerte. Eros solo, mata. Se necesita una cierta dosis de Tánatos para que Eros deje marchar a la otra, en vez de comérsela. (Recordáis aquel sujeto, esquizofrénico que se comió a su amante. “Te voy a comer por todo lo que te quiero”. Está en el lenguaje. Pero sí es puro instinto de vida ese “te voy a comer” es “te como”. Es decir “te como” en lo real de la pulsión desbridada. Y  un poco de pulsión de muerte, de aparato significante se introduce ahí para poner un límite y transformar ese “comer” en otras cosas.

¿Qué nos muestra entonces así la pulsión? Nos muestra esta segunda vestidura, vestidura significante, es decir simbólica, vestidura del goce, ciframiento de ese goce en un registro civilizado,podríamos decir. La pulsión es también la civilización, reducir lo real del goce en el significante. Este sería el segundo punto, diríamos de la vestidura del goce, pero insisto, no exento de un cierto más allá del Principio del placer, de un cierto nivel de pulsión de muerte. Bastaría que leyerais con cuidado la deriva gramatical del registro pulsional para daros cuenta de que la muerte está ahí siempre, a la obra. No sólo en el registro de la separación del Otro, de separación del objeto sino también en algunos momentos de asunción de la pulsión misma.

Si recordáis el texto sobre Las pulsiones y sus destinos  recordaréis las páginas en las que Freud se dedica a connotar la pulsión como sádica. Aquí Lacan da un viraje, ya que  el sujeto siempre sufre  la pulsión, la pulsión la connota como masoquista desde el principio. El sujeto sufre sus pulsiones. Es lo que veníamos diciendo el sujeto estaría tan tranquilo según el Principio del placer, el principio del nirvana. Bueno, es a lo que aspira la religión budista, el cultivo del no deseo en  búsqueda del nirvana, eso es  lo que la pulsión estorba. Y  a pesar de que es la única derogación  de la  ley del Principio del placer permitida al sujeto humano, no deja de ser algo hostil contra el Principio del placer. Los sujetos estarían mucho más tranquilos sin pulsiones. Sería feliz sin pulsiones y, sin embargo, sufre sus pulsiones. En ese sentido y en otros que no voy a articular hoy,  sufre la pulsión. En este sentido el obsesivo encarna este sufrimiento de la pulsión, pues la histérica se la coloca al Otro.

El obsesivo encarna por excelencia, toda la fantasmatización obsesiva, todas las maniobras de control, todos los intentos de mantener a la pulsión dentro de la firme estructura de armadura del Yo, en  el intento de que la pulsión no lo moleste. Pero lo molesta y si no lo molesta como pulsión lo molestará como angustia. En cierto modo, una vez más, lo que demuestra la neurosis como modo de vivir, demuestra lo fallido, lo imposible de vestir del goce humano que sigue insistiendo.

¿Por qué he puesto al lado de la pulsión el fantasma?

                                        S  tachado        a

No me puedo detener aquí, pero sí decir que el fantasma es la respuesta subjetiva a lo no representable de la pulsión. Es otra vestidura del goce, pero del goce pulsional. Digámoslo en plural: los fantasmas, las fantasías inconscientes pero también las conscientes son un intento de vestir a la pulsión. El escenario, la “novelita” que nos contamos en nuestras fantasías es un intento de vestir a la pulsión. En el mejor de los casos un intento de vestirla limando las aristas, es decir, limando lo que daña, lo que duele de la pulsión. Por eso resulta que la mayoría de los fantasmas realizados luego, no son “eso”. Es decir que mientras está como novelita en la cabeza va todo estupendamente, pero cuando se intenta llevar la novelita a la realidad casi nunca es eso. Porque en la realidad, en el ejercicio del goce, no en el ejercicio mental de una satisfacción fantasmática, de un goce fantasmático, sino en el goce pulsional, las cosas no van tan bien, no siguen el escena, los actores no siguen la escena generalmente, juegan de otro modo, actúan de otro modo y la vestidura de goce pulsional tranquilizadora del fantasma no consigue domesticar el registro de la pulsión.

Otra manera de pensar el lazo de la pulsión de las pulsiones sexuales todas con la muerte es darnos cuenta de que el prometernos a una satisfacción pulsional es decir esta vuelta fuera de nosotros mismos que damos en torno a un objeto para llegar a la satisfacción pulsional implica siempre una pérdida y sólo se tiene acceso a ese goce pulsional perdiéndose como tal, instalando una pérdida en la dimensión más radical de nuestro ser. Una pérdida de ser. La pérdida de ser  es la que el sujeto recibe psíquicamente como muerte. Es decir hay que dejar de ser, podríamos decirlo de muchas maneras, hay que dejar de ser lo que creíamos que éramos pero también hay que dejar de ser lo que somos  en el movimiento de la satisfacción pulsional, en el acto dirigido por la pulsión y  en ese dejar de ser es dónde marca la puntita la pulsión de muerte.

Bien, no hay tiempo para la cuarta parte. De todos modos las toxicomanías tienen que ver con lo que hemos visto hoy. Se podría decir que esa cuarta parte del esquema para la que hoy no nos ha quedado tiempo, esta última parte los toxicómanos la rechazan completamente, porque como no quieren saber nada de falo, no quieren saber nada de goce del Otro, como se quedan en el goce  del objeto falso en vez de dejar de ser en el goce verdadero, pues vamos a dejarlo aquí.

Os he dado más o menos las vestiduras del goce freudiano con algunas pinceladas de la lectura que Lacan da de la dimensión freudiana del goce, que es un término que Freud en sí mismo no nombra, lo nombra de diferentes maneras: narcisismo, satisfacción pulsional, satisfacción sexual,  etc, etc. Nos quedaría ver propiamente la dimensión lacaniana del goce entre el  falo y el goce Otro pero hoy no tenemos más tiempo.

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Last modified: 4 septiembre, 2016

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